Oficios y Actividades
Complementarias
REGRESO A
Regreso a Ecomuseo
La agricultura y la ganadería no constituían toda la economía campesina. La estructura minifundista de la propiedad y de la explotación hacía de estas actividades principales un recurso insuficiente que era necesario complementar.

Por otro lado, los ritmos de trabajo en la explotación agropecuaria permitían disponer de bastante tiempo libre. Durante el verano el ganado se mandaba a los montes, por lo que, después de hecha la sementera y de segados los prados, la familia campesina quedaba casi sin ocupación. Y algo similar sucedía en otoño una vez recogida la cosecha, ya que el ganado entonces campaba a sus anchas entre las mieses derrotadas. Finalmente los rigores del invierno, sobre todo en los valles altos, pero también en los medios, imponían la casi total desocupación en la explotación.
Artesanía de campanas
Lógicamente, el primer complemento procedía de la utilización de los propios recursos naturales, Así, aunque la actividad recolectora no se encuentre muy documentada, sin duda fue uno de los recursos complementarios más extendido. Avellanas, arándanos, moras o caracoles, se unieron a la dieta alimenticia de los campesinos, contribuyendo a diversificarla. También se utilizaban los recursos naturales faunísticos. La caza no sólo era una actividad defensiva frente a los predadores de ganado o dañadores de cosechas y frutos, sino al tiempo una actividad económinca que procuraba carne, pieles, sebo y otros productos. Así, osos, lobos, jabaliés, urogallos, etc., eran abatidos junto a liebres, codornices, perdices y becadas, como constata Madoz para mediados del siglo XIX.

En cuanto a la pesca, se practicaba con métodos dañinos y esquilmadores (encalado de los rios, etc.) hasta el punto de que las ordenanzas concejiles señalaban en muchos casos la prohibición de utilizar tales métodos por nocivos, evidenciando a la vez la importancia y extensión de esta actividad. En los tramos bajos de los rios Deva y Nansa la pesca del salmón fue, por su parte, una actividad de gran interés económico.
Una actividad no muy extendida entre la población pero sí con presencia en todos los pueblos, era la apicultura. La miel fue el único endulzante en el medio rural hasta la historia reciente, mientras la cera sirvió a la iluminiación y, sobre todo, al rito religioso. Se trataba, pues, de elementos necesarios en la comunidad, pero cuya explotación quedó normalmente en manos de uno o dos vecinos, los únicos que poseían las colmenas. Al igual que estos campesinos -apicultores, existían otros vecinos que en cada pueblo desarrollaban algún oficio que buscaba cubrir ciertas demandas locales. Dos eran principalmente estos oficios que sólo atendian demandas internas: el de herrero y el de sastre. Oficios ambos que sólo desarrollaban unos meses al año y de una forma muy poco cualificada, como se encargan de poner de manifiesto los agentes que responden al Catastro de Ensenada: sólo arreglaban aperos de labranza o cosían ropa muy ordinaria.

Aunque en cada comunidad campesina, y aparte de estos oficios y del de molinero, no había muchas más opciones de empleos alternativos, en el área existían algunas instalaciones protoindustriales y de extracción que proporcionaban trabajo a los campesinos del entorno y a veces, también a los de áreas más alejadas. Tal es el caso de las ferrerías, actividad que tiene presencia en la zona desde la Edad Media. E igualmente participaban, especialmente los carreteros de Polaciones, en la extracción y transporte de la sal desde los pozos de Treceño y Caviedes hasta algunos núcleos de la región o incluso hasta Castilla.

Muy extendido, sobre todo en los pueblos de los valles medios y altos se encontraba el trabajo de la madera, principalmente orientado a la fabricación de albarcas y aperos de labranza, pero también -principalmente en Polaciones y Los Tojos- de muebles, ruedas y carros. Realizados en el soportal de las casas o en las socarreñas durante los meses de invierno, se llevaban durante el verano a vender a Castilla, permitiéndoles traer a cambio harina, vino y otros productos para su propia manutención o para su venta en las ferias y mercados regionales. Prácticamente todos los vecinos realizaban esta actividad durante el invierno, combinándola en otras épocas del año, no sólo con las de la explotación agropecuaria, sino también con otras. Por ejemplo, en las respuestas del Catastro de Ensenada se señalaba que, en todos los pueblos de Polaciones, sus vecinos dedicaban 75 días a la sierra, 75 a la carretería y el resto a la fabricación de ruedas y carros.
Todas estas actividades permitían a los campesinos de los valles medios y altos obtener la mayor parte de los recursos que componían su economía dentro del propio área, desplazándose únicamente para vender sus productos en las ferias castellanas o regionales. Sólo la actividad de la sierra, en la que participaban principalmente los vecinos de Polaciones, les obligaba a estar ciertas temporadas alejados de sus casas.

Por otro lado, al menos en algunos lugares de Cabuérniga existía la costumbre de que los jóvenes emigrasen a Andalucía para trabajar en tabernas o almacenes de comestibles durante un periodo de su vida. Allí ahorraban el dinero suficiente para adquirir el patrimonio inicial que les permitía casarse e iniciar una nueva familia. Este corriente lazo con Andalucía hizo que la voz popular bautizase con el nombre de jándalos a aquellos vecinos que hacían tales viajes y que al volver sorprendían al resto de la comunidad con su acento y hábitos. Otra forma de emigración temporal era la practicada por un buen número de vecinos de los valles de la marina especializados en la cantería. Canteros, mamposteros y, a veces, también carpinteros recorrián la Península en busca de obras en las que trabajar durante unos meses al año. Salían generalmente en verano, después de recogida la sementera, para volver en la época de la cosecha de otoño. Aunque no tenían la fama de los canteros trasmeranos, la práctica estaba muy extendida, como lo demuestran el hecho de que en Prellezo, a mediados del siglo XVIII, fueran 24 los vecinos canteros que salían durante el verano.

Finalmente, una emigración más duradera se efectuaba a América, que llegó a ser más frecuente en el siglo XIX. Los altos costes del viaje exigian una inversion inicial que no todos podían pagar. Sin embargo, la documentación notarial muestra cómo muchos vecinos recurrían al crédito para poder enviar a sus hijos a una supuesta tierra de promisión allende de los mares.