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Antes de la conquista romana, la descripción que
Estrabón hace de las formas de vida y la organización
social de los cántabros nos habla de una sociedad gentilicia,
exgeradamente matriarcal y guerrera, cuya economía se basaba en
la recolección, una rudimentaria agricultura y una ganadería
trasterminante, que complementaban con las frecuentes razzias a los
graneros de los habitantes del sur. Cabe suponer razonablemente que la
dominación romana hubiera de influir en el cambio de esta forma
de organización social. Es sabido que los romanos pusieron
voluntad en ello, obligando a los cántabros a descender a las
tierras más llanas, a abandonar sus emplazamientos más o
menos provisionales de los valles altos y laderas de los montes a
desarrollar la agricultura, todo ello con el doble objetivo de
integrarlos y controlarlos. Sin embargo, la influencia romanizadora no
parece haber sido excesiva en nuestro área, quizás por
haber quedado un poco al margen de los centros importantes de la región
cantábrica.
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Cierto que la presencia romana existió. Plinio
da cuenta de la explotación de las minas de sal de Treceño
y Cabezón de la Sal, que en su mayor parte se exportaba por vía
marítima, probablemente por el puerto de Comillas. Pero la
franja costera del área también contó con un
puerto de cierta importancia, el mencionado en las fuentes antiguas
como "Portus Vereasuecae", que ha sido indentificado por
algunos especialistas con San Vicente de la Barquera o quizás
con un puerto más oriental, en torno a la desembocadura del
Nansa. Por otro lado, las rias de Tina Mayor y Tina Menor pudieron
servir de varadero (statio) a la navegación romana, al igual
que la ría de la Rabia, donde se han hallado monedas imperiales
de los siglos II, III y IV después de Cristo.
Hacia el interior, la presencia romana ha dejado su impronta en
las vías. Aunque de carácter secundario, el área
se vio cruzada de norte a sur por dos vías desde las cuales
surgieron a su vez derivaciones. La primera corresponde a la
prolongación de la que se conoce como vía del Burejo,
que comunicaba la Meseta (Herrera de Pisuerga) con Liébana.
Otra vía a la que también se le considera romana es la
conocida como vía del Collado de Somahoz, que conduciría
hacia el valle del Saja por Palombera.
Aunque de cronología dudosa, quizás también
sean de la misma época la variante que desde Valle o Ruente
enlazaban con el valle del Nansa a través de la Collada de
Carmona o la que atravesaba la sierra del Escudo de Cabuérniga
por la Cambera de los Moros hacia Treceño. Mucho menos aceptada
entre los especialistas se encuentra, por su parte, la llamada vía
de Agrippa, que recorrería la costa a lo largo de toda la región.
A pesar de estos testimonios de la presencia romana, no es
posible destacar huellas perdurables, y ni tan siquiera débiles
de romanización. Las vías no contribuyeron a fijar la
población salvo quizás en unos pocos núcleos como
los lugares de explotación minera. Por otro lado, la escasa
romanización que consiguió penetrar retrocedió rápidamente
en los siglos subsiguientes a la caída del imperio. Los cántabros
fueron olvidando a sus dominadores y recuperando plenamente sus
costumbres y formas de organización social, tanto más
cuanto que no recibieron, hasta después de la invasión árabe,
población visigoda. En ese momento, la organización
social predominante en este territorio era la del clan familiar
avunculado, en el que la propiedad permanecía indivisa y la
jefatura familiar se transmitia, no a través de la mujer, ni
tampoco del pater -familias- como en el derecho romano, sino del
hermano de la madre, es decir, a través del tio materno.
Esta sociedad reposaba ya en una economia básicamente
pastoril, basada en una ganadería itinerante que, siguiendo las
estaciones, ascendía a los puertos de altura o descendía
a los pastos bajos, pero en recorridos que probablemente incluían
todo el valle, desde la cabecera hasta la desembocadura. La
agricultura seguía estando muy poco desarrollada y aún
era asunto principalmente de mujeres.
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Aún en el siglo IX parece haberse mantenido esta
situación, a juzgar por la ausencia de menciones documentales.
Sólo se conocen algunos asentamientos de ese siglo en la parte
baja del valle del Saja -en torno a Cabezón de la Sal-,
relacionados sin duda con la explotación salinera.
Es cierto que ya para esta época -concretamente desde el
siglo anterior-, el área habría recibido, desde el sur,
población que venía huyendo de las invasiones árabes.
La primera razzia foramontana tuvo lugar a mediados del siglo VIII,
dirigida por Alfonso I, aprovechando la sublevación bereber que
tuvo lugar en el norte de Africa, y que extendía al sur de la
Península, mantuvo ocupados a los musulmanes. Cuando, sofocada
aquella hubieron de retirarse los foramontanos hacia las montañas,
se replegó con ellos una buena parte de la población
cristiana que habitaba al norte del Duero. El contacto de la población
cántabra con la recién llegada integrada ya en las
formas de civilización visigótica, no pudo dejar de
tener su efectos aculturadores. Sin embargo, el proceso fue lento y aún
tardarían en desintegrarse los viejos clanes y linajes, y en
sedentarizarse definitivamente la población. Fue en los siglos
siguientes cuando las presuras y la tendencia hacia la nuclerización
de las familiar dieron origen a una nueva organización social
y, con ella, a una nueva organización territorial.
Los primeros asentamientos se produjeron aún en forma de
comunidades gentilicias de economía básicamente
pastoril. Lo que se apropia son terrenos donde ya desde antiguo se venían
practicando las técnicas extensivas de pastoreo, donde se
utilizaba la grana de los hayedos y robledales, así como el
matorral y los pastos que, quemando de forma controlada el bosque, habían
conseguido crear. La grana, pastos, sesteaderos, fuentes, etc. que
formaban parte de unos espacios hasta entonces de aprovechamiento común
se convirtieron a través de las presuras en privativos de los
grupos que los habían tomado.
Una vez privatizados esos espacios y sedentarizadas las
poblaciones se procedió la roturación de grandes
parcelas -por medio del sistema de roza- destinadas ya no a pastos
sino a cultivos. Dentro de estos espacios rozados colectivamente, y
debido a lo atrasado de las técnicas agrarias, que exigían
periodos de barbecho largo, se establecieron una serie de parcelas
itinerantes (sernas), que únicamente se fueron fijando conforme
el barbecho se fue haciendo menos necesario y el periodo de descanso
pudo reducirse.
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En cuanto a los núcleos de población, los
primitivos poblados no debían ser más que campamentos de
pastores que se habían sedentarizado, pero cuya estructura
apenas habría cambiado: casas precariamente construidas con
palos, hojas y paja, agrupadas todas a veces en torno a ciertas
instalaciones que con el crecimiento de la producción agraria
se hicieron necesarias, tales como el granero y hórreo, todas
ellas ocupaban aún el solar gentilicio. En el proceso de
disolución de la comunidad familiar, y con el reparto de una
parte del solar, se modificó también la fisonomía
de esos campamentos. Cada unidad domestica fue individualizando su
propio solar. La fragmentación del grupo gentilicio debió
de producirse en principio a través de unidades consanguíneas
amplias que se separaban del solar y constituían uno propio en
las proximidades. Surgían así los barrios. Tanto dentro
de la unidad originaria como de estos nuevos asentamientos, el proceso
se repetiría, y, en muchos casos, las unidades serían
cada vez más reducidas, a la vez que internamente también
se produciría un proceso de disolución: las casas se
separaron, apareciendo entre ellas espacios no edificados adscritos a
cada casa o cada grupo de casas. Así se explica la forma aún
predominante de organización de los núcleos de población
en barrios o aldeas pequeñas y alveolares, cuya única
excepción la constituye el modelo alineado al borde mismo de un
camino.
Por su parte los terrazgos permanentes se establecieron en las
vegas, las llanas de fondo de valle o los rellanos de media ladera, es
decir, en los lugares donde las tierras ofrecían mejores
posibilidades. En estas áreas fueron surgiendo nuevos núcleos
de poblamiento, generalizando el modelo de emplazamiento que hoy
podemos contemplar en los valles bajos y medios.
El terrazgo se organizó en torno a ellos, dividido en
varias hojas o mieses que pronto hubieron de ser cercados para evitar
los daños que el ganado pudiera producir en los cultivos.
Aunque la agricultura entró a formar parte de las labores
de la población del área, el dominio de la ganadería
extensiva siguió siendo total, al menos en los valles altos. Si
embargo, con la sedentarización de la población y la
presura de los territorios, el sistema de trashumancia tuvo que
cambiar. Ya no era posible el pastereo nómada practicado por
sus anteapasados, sino que era necesario organizar y ordenar los
espacios que habían de servir para sostener la cabaña
ganadera. De este modo surgirá la organización del
espacio agropastoril que perdurará, en sus aspectos
principales, hasta la época contemporánea. El valle era
en ella la unidad territorial superior y tenía naturaleza
supracomunitaria. Comprendía los territorios de varias
comunidades, pero era sólo la suma de ellos. Contaba con bienes
privativos del mismo uso común para el conjunto de las
comunidades en él reunidas. Además de estos espacios
comunes, cada concejo, formado habitualmente por varias aldeas o
barrios, disponía de sus espacios privativos. Su uso era
tambien colectivo pero de funcionalidad más compleja, ya que
sobre ellos se asentaban -además de las brañas y seles
intermedias o baja- las borizas destinadas al ganado de labor, los
prados del toro, los invernales, los helgueros y, por supuesto los
bosques.
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Ya para los siglos XI y sobre todo XII las comunidades
rurales del área habían perdido el carácter
gentilicio y correspondían más bien al tipo vecinal. El
proceso descrito se hallaba concluído casi por completo. A
mediados del siglo XIV y principios del siglo XV dos importantes
fuentes -el Becerro de las Behetrías y el Apeo de 1404- nos
permiten conocer la existencia de una buena parte de los lugares que
hoy existen. Muchos de ellos se hallan asentados junto a las antiguas
ruinas romanas y otros sobre vías más recientes, como la
de los collados que conducia a Castilla por Piedras Luengas o a Campóo
por el Collado de Sejos. Otra vía transversal discurria -al
menos en el siglo XVI- próxima la costa, quizás
siguiendo el trazado de la dudosa vía romana de Agrippa.
La revitalización de las antiguas vias romanas y la
apertura de nuevos caminos fue, al menos en parte, la consecuencia de
la propia revitalización de los intercambios mercantiles, que
hicieron necesaria la conexión entre la costa y el interior
castellano -nuevamente poblado por foramontanos- y, al tiempo, entre
los propios valles de Cantabria. Su importancia estratégica
queda de manifiesto a través de las numerosas torres fortaleza
que, al menos desde el siglos XIV jalonaban estos caminos.
De muchas de ellas quedan restos físicos o menciones
documentales como las de El Tejo, Losvia, El Barcenal y Estrada, en el
camino de la costa; la de Terán, en el valle del Saja; las de
Cabanzón y Celis, en el valle del Nansa, o las de Carmona,
Obeso y Linares en Peñarrubia en el camino transversal de los
collados.
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