Historia REGRESO A
Regreso a Ecomuseo

Antes de la conquista romana, la descripción que Estrabón hace de las formas de vida y la organización social de los cántabros nos habla de una sociedad gentilicia, exgeradamente matriarcal y guerrera, cuya economía se basaba en la recolección, una rudimentaria agricultura y una ganadería trasterminante, que complementaban con las frecuentes razzias a los graneros de los habitantes del sur. Cabe suponer razonablemente que la dominación romana hubiera de influir en el cambio de esta forma de organización social. Es sabido que los romanos pusieron voluntad en ello, obligando a los cántabros a descender a las tierras más llanas, a abandonar sus emplazamientos más o menos provisionales de los valles altos y laderas de los montes a desarrollar la agricultura, todo ello con el doble objetivo de integrarlos y controlarlos. Sin embargo, la influencia romanizadora no parece haber sido excesiva en nuestro área, quizás por haber quedado un poco al margen de los centros importantes de la región cantábrica.

Haciendo albarcas. Santander 1.928.

Cierto que la presencia romana existió. Plinio da cuenta de la explotación de las minas de sal de Treceño y Cabezón de la Sal, que en su mayor parte se exportaba por vía marítima, probablemente por el puerto de Comillas. Pero la franja costera del área también contó con un puerto de cierta importancia, el mencionado en las fuentes antiguas como "Portus Vereasuecae", que ha sido indentificado por algunos especialistas con San Vicente de la Barquera o quizás con un puerto más oriental, en torno a la desembocadura del Nansa. Por otro lado, las rias de Tina Mayor y Tina Menor pudieron servir de varadero (statio) a la navegación romana, al igual que la ría de la Rabia, donde se han hallado monedas imperiales de los siglos II, III y IV después de Cristo.
Hacia el interior, la presencia romana ha dejado su impronta en las vías. Aunque de carácter secundario, el área se vio cruzada de norte a sur por dos vías desde las cuales surgieron a su vez derivaciones. La primera corresponde a la prolongación de la que se conoce como vía del Burejo, que comunicaba la Meseta (Herrera de Pisuerga) con Liébana. Otra vía a la que también se le considera romana es la conocida como vía del Collado de Somahoz, que conduciría hacia el valle del Saja por Palombera.
Aunque de cronología dudosa, quizás también sean de la misma época la variante que desde Valle o Ruente enlazaban con el valle del Nansa a través de la Collada de Carmona o la que atravesaba la sierra del Escudo de Cabuérniga por la Cambera de los Moros hacia Treceño. Mucho menos aceptada entre los especialistas se encuentra, por su parte, la llamada vía de Agrippa, que recorrería la costa a lo largo de toda la región.
A pesar de estos testimonios de la presencia romana, no es posible destacar huellas perdurables, y ni tan siquiera débiles de romanización. Las vías no contribuyeron a fijar la población salvo quizás en unos pocos núcleos como los lugares de explotación minera. Por otro lado, la escasa romanización que consiguió penetrar retrocedió rápidamente en los siglos subsiguientes a la caída del imperio. Los cántabros fueron olvidando a sus dominadores y recuperando plenamente sus costumbres y formas de organización social, tanto más cuanto que no recibieron, hasta después de la invasión árabe, población visigoda. En ese momento, la organización social predominante en este territorio era la del clan familiar avunculado, en el que la propiedad permanecía indivisa y la jefatura familiar se transmitia, no a través de la mujer, ni tampoco del pater -familias- como en el derecho romano, sino del hermano de la madre, es decir, a través del tio materno.
Esta sociedad reposaba ya en una economia básicamente pastoril, basada en una ganadería itinerante que, siguiendo las estaciones, ascendía a los puertos de altura o descendía a los pastos bajos, pero en recorridos que probablemente incluían todo el valle, desde la cabecera hasta la desembocadura. La agricultura seguía estando muy poco desarrollada y aún era asunto principalmente de mujeres.

La Iglesia de Tudanca en los aņos 20. Santander, 1928.

Aún en el siglo IX parece haberse mantenido esta situación, a juzgar por la ausencia de menciones documentales. Sólo se conocen algunos asentamientos de ese siglo en la parte baja del valle del Saja -en torno a Cabezón de la Sal-, relacionados sin duda con la explotación salinera.
Es cierto que ya para esta época -concretamente desde el siglo anterior-, el área habría recibido, desde el sur, población que venía huyendo de las invasiones árabes. La primera razzia foramontana tuvo lugar a mediados del siglo VIII, dirigida por Alfonso I, aprovechando la sublevación bereber que tuvo lugar en el norte de Africa, y que extendía al sur de la Península, mantuvo ocupados a los musulmanes. Cuando, sofocada aquella hubieron de retirarse los foramontanos hacia las montañas, se replegó con ellos una buena parte de la población cristiana que habitaba al norte del Duero. El contacto de la población cántabra con la recién llegada integrada ya en las formas de civilización visigótica, no pudo dejar de tener su efectos aculturadores. Sin embargo, el proceso fue lento y aún tardarían en desintegrarse los viejos clanes y linajes, y en sedentarizarse definitivamente la población. Fue en los siglos siguientes cuando las presuras y la tendencia hacia la nuclerización de las familiar dieron origen a una nueva organización social y, con ella, a una nueva organización territorial.
Los primeros asentamientos se produjeron aún en forma de comunidades gentilicias de economía básicamente pastoril. Lo que se apropia son terrenos donde ya desde antiguo se venían practicando las técnicas extensivas de pastoreo, donde se utilizaba la grana de los hayedos y robledales, así como el matorral y los pastos que, quemando de forma controlada el bosque, habían conseguido crear. La grana, pastos, sesteaderos, fuentes, etc. que formaban parte de unos espacios hasta entonces de aprovechamiento común se convirtieron a través de las presuras en privativos de los grupos que los habían tomado.
Una vez privatizados esos espacios y sedentarizadas las poblaciones se procedió la roturación de grandes parcelas -por medio del sistema de roza- destinadas ya no a pastos sino a cultivos. Dentro de estos espacios rozados colectivamente, y debido a lo atrasado de las técnicas agrarias, que exigían periodos de barbecho largo, se establecieron una serie de parcelas itinerantes (sernas), que únicamente se fueron fijando conforme el barbecho se fue haciendo menos necesario y el periodo de descanso pudo reducirse.

Peņa desde una venta de Piedrasluengas, en 1.908.

En cuanto a los núcleos de población, los primitivos poblados no debían ser más que campamentos de pastores que se habían sedentarizado, pero cuya estructura apenas habría cambiado: casas precariamente construidas con palos, hojas y paja, agrupadas todas a veces en torno a ciertas instalaciones que con el crecimiento de la producción agraria se hicieron necesarias, tales como el granero y hórreo, todas ellas ocupaban aún el solar gentilicio. En el proceso de disolución de la comunidad familiar, y con el reparto de una parte del solar, se modificó también la fisonomía de esos campamentos. Cada unidad domestica fue individualizando su propio solar. La fragmentación del grupo gentilicio debió de producirse en principio a través de unidades consanguíneas amplias que se separaban del solar y constituían uno propio en las proximidades. Surgían así los barrios. Tanto dentro de la unidad originaria como de estos nuevos asentamientos, el proceso se repetiría, y, en muchos casos, las unidades serían cada vez más reducidas, a la vez que internamente también se produciría un proceso de disolución: las casas se separaron, apareciendo entre ellas espacios no edificados adscritos a cada casa o cada grupo de casas. Así se explica la forma aún predominante de organización de los núcleos de población en barrios o aldeas pequeñas y alveolares, cuya única excepción la constituye el modelo alineado al borde mismo de un camino.
Por su parte los terrazgos permanentes se establecieron en las vegas, las llanas de fondo de valle o los rellanos de media ladera, es decir, en los lugares donde las tierras ofrecían mejores posibilidades. En estas áreas fueron surgiendo nuevos núcleos de poblamiento, generalizando el modelo de emplazamiento que hoy podemos contemplar en los valles bajos y medios.
El terrazgo se organizó en torno a ellos, dividido en varias hojas o mieses que pronto hubieron de ser cercados para evitar los daños que el ganado pudiera producir en los cultivos.
Aunque la agricultura entró a formar parte de las labores de la población del área, el dominio de la ganadería extensiva siguió siendo total, al menos en los valles altos. Si embargo, con la sedentarización de la población y la presura de los territorios, el sistema de trashumancia tuvo que cambiar. Ya no era posible el pastereo nómada practicado por sus anteapasados, sino que era necesario organizar y ordenar los espacios que habían de servir para sostener la cabaña ganadera. De este modo surgirá la organización del espacio agropastoril que perdurará, en sus aspectos principales, hasta la época contemporánea. El valle era en ella la unidad territorial superior y tenía naturaleza supracomunitaria. Comprendía los territorios de varias comunidades, pero era sólo la suma de ellos. Contaba con bienes privativos del mismo uso común para el conjunto de las comunidades en él reunidas. Además de estos espacios comunes, cada concejo, formado habitualmente por varias aldeas o barrios, disponía de sus espacios privativos. Su uso era tambien colectivo pero de funcionalidad más compleja, ya que sobre ellos se asentaban -además de las brañas y seles intermedias o baja- las borizas destinadas al ganado de labor, los prados del toro, los invernales, los helgueros y, por supuesto los bosques.

La Hermida en 1.980.

Ya para los siglos XI y sobre todo XII las comunidades rurales del área habían perdido el carácter gentilicio y correspondían más bien al tipo vecinal. El proceso descrito se hallaba concluído casi por completo. A mediados del siglo XIV y principios del siglo XV dos importantes fuentes -el Becerro de las Behetrías y el Apeo de 1404- nos permiten conocer la existencia de una buena parte de los lugares que hoy existen. Muchos de ellos se hallan asentados junto a las antiguas ruinas romanas y otros sobre vías más recientes, como la de los collados que conducia a Castilla por Piedras Luengas o a Campóo por el Collado de Sejos. Otra vía transversal discurria -al menos en el siglo XVI- próxima la costa, quizás siguiendo el trazado de la dudosa vía romana de Agrippa.
La revitalización de las antiguas vias romanas y la apertura de nuevos caminos fue, al menos en parte, la consecuencia de la propia revitalización de los intercambios mercantiles, que hicieron necesaria la conexión entre la costa y el interior castellano -nuevamente poblado por foramontanos- y, al tiempo, entre los propios valles de Cantabria. Su importancia estratégica queda de manifiesto a través de las numerosas torres fortaleza que, al menos desde el siglos XIV jalonaban estos caminos.
De muchas de ellas quedan restos físicos o menciones documentales como las de El Tejo, Losvia, El Barcenal y Estrada, en el camino de la costa; la de Terán, en el valle del Saja; las de Cabanzón y Celis, en el valle del Nansa, o las de Carmona, Obeso y Linares en Peñarrubia en el camino transversal de los collados.

El Parador de Unquera a finales del siglo XIX.
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