Ganaderia REGRESO A
Regreso a Ecomuseo


En todos los pueblos del área la cabaña ganadera fue siempre una cabaña promiscua, formada por vacas, ovejas, cabras, cerdos y, menos frecuentemente, yeguas. En lo esencial, su sostenimiento reposaba sobre terrenos comunales, sobre los puertos, brañas y seles. Durante la Edad Media el ganado incluso entraba en las dehesas boscosas. Las piaras de cerdos aprovechaban las granas de los montes y los pueblos tenían que pagar montazgo por ello. La cada vez más restrictiva normativa de uso en aprovechamiento de los espacios boscosos fue limitando esa costumbre, obligando a una mayor ordenación de los comunales. Los cerdos quedarían cada vez más limitados al engorde doméstico, y las cabras y ovejas a aprovechar sólo ciertos espacios. Porque el principal ganado, tanto por su funcionalidad como por sus rendimientos, era el vacuno, y a él se reservaban los mejores pastos. La raza más extendida en el área fue la tudanca, una vaca pequeña, de capa mayoritariamente gris, bien adaptada al pastoreo extensivo y con buenas aptitudes para el trabajo, tanto de laboreo como de tiro.



En todo caso, y de acuerdo con la división espacial del trabajo, la importancia ganadera y la distribución de especies dentro de la cabaña eran bastande diferentes en la marina y en los valles interiores, como tambien lo era la distribución de su propiedad. Esta, al contrario de lo que sucedía con la tierra, se encontraba en general bastante concentrada en manos de los estamentos nobiliares y eclesiásticos, sobre todo en lo que se refiere a las especies mayores. Pero mientras los campesinos de los valles bajos (San Vicente de la Barquera y Val de San Vicente) apenas si poseían en propiedad, a mediados del siglo XVIII, unas pocas cabras, alguna oveja y algún cerdo -es decir, el ganado más directamente destinado a su autoconsumo- y carecían casi por completo de reses vacunas, los de los valles interiores solían ser propietarios, además de una cantidad similar de ganado menor, de una o dos cabezas del mayor. En relación con esa estructura de la propiedad es posible entender el peso de la aparcería, a la que el campesino recurría habitualmente para conseguir el ganado. Tal fórmula consistía en un acuerdo con el propietario mediante el cual ambos se repartían, normalmente a medias, los rendimientos del animal cedido. Lo mismo sucedía con los bueyes, que resultaban necesarios para la labor pero eran demasiado caros para el precario presupuesto campesino. Sobre todo en el área de la marina, los campesinos no eran generalmente propietarios de ellos, sino que tenían que tomarlos a renta, pagando al año, en la época del Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII, dos celemines de trigo y dos de maíz.
No deja de ser paradójico que esta franja de la marina que se convertiría en nuestro siglo en un área de producción ganadera intensiva orientada al vacuno de leche, fuese tradicionalmente menos ganadera. El ganado vacuno, aunque imprescindible, no era más que el apoyo de su explotación agraria. La escasez de pastos explica en parte esta situación, pero no totalmente. Más importancia tenía su orientación claramente agraria, determinada por la demanda que ejercía el aún estrecho mercado urbano. Los prados competían con las tierras de labor, por lo que era difícil sostener una cabaña numerosa. La situación comenzó a cambiar a mediados del siglo XIX, sin duda al calor de la demanda de carne y leche procedente de los centros urbanos que se iban desarrollando. Una expansión ganadera que no pudo llevarse a cabo sin una extensión simultánea de la pratificación, a costa incluso de terrenos de cultivo.

Tanto los valles medios como los altos orientaron la producción ganadera principalmente hacia la recría, vendiendo luego las reses en Castilla o en la marina. Las vacas, una vez agotadas en esta fución eran despreciadas, ya que apenas compensaban el abono que proporcionaban el consumo de pastos que hacían. Polaciones se orientaba principalmente a la producción de bueyes, no sólo para su venta, sino también para el acarreo, que consutituía la principal actividad complementaria de sus habitantes.
Por lo demás y para finalizar, resulta excepcional la nada despreciable importancia del ganado caballar en Peñarrubia, orientado hacia las yeguas de recría, donde también se practicaba la tradicional comercialización de los derivados lácteos -quesos y mantecas- del ganado menor.
Un poco más interiores, los núcleos de Valdáliga mantuvieron ya una orientación más ganadera. En ellos, el ganado vacuno siempre tuvo mayor importancia. Además de destinarlo a la labor, una parte era destinado también a la recría. Aquí como sucedía en Herrerías o en Cabuérniga, los terrenos de pastos eran más abundantes, aunque ciertamente insuficientes. La alimentación invernal se garantizó con el establecimiento de prados cercados a media ladera, mientras que en verano tuvieron que buscar pastos fuera de sus territorios.

Durante la Edad Media, incluso después de asentados los territorios de cada concejo y de cada valle, la trasterminancia desde el área hasta los puertos, durante el verano, y desde los valles altos a la marina, durante el invierno, se siguió manteniendo, aunque desde bien pronto los pleitos y disputas debieron de ser abundantes. En 1.497, se estableció una concordia entre los valles de Cabuérniga y Campóo (Hermandad de Campóo de Suso) según la cual los ganados de este valle podían pastar en tiempo de nieve en los pastos del valle de Cabuérniga, de paso hacia sus invernizas de las tierras bajas, a cambio de que durante el verano los ganados cabuérnigos pudiesen aprovechar los pastos de los puertos. Durante los siglos siguientes, una abundante documentación da cuenta de continuos pleitos, que terminarán con sentencia de 1.743, por la que se estableció la Comunidad de Pastos Campóo-Cabuérniga, que aún se mantiene en el dia de hoy. Sin embargo, otras áreas no consiguieron acuerdos de este estilo y tuvieron que recurrir a pagar los necesarios pastos de verano. Ese fue, por ejemplo el caso de Valdáliga, cuyos ganaderos, a mediados del siglo XVIII, tenían que pagar quince reales por res que subía a los puertos de Campoo durante el verano, diez en Polaciones y seis en Cabuérniga. Un precio elevado que se doblaría un siglo más tarde y que hizo cada vez más dificil de sosotener dicha práctica, sustiyéndose poco a poco por una intensa practificación en cada una de las áreas.