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Con los inicios de la industrialización
y de la integración en los sistemas de mercado, el complejo de
actividades complementarias tradicionales de los campesinos del área
se resintió y fue decayendo definitivamente. Esa pérdida
de una parte de los recursos campesinos no fue compensada ni con la
aparición de otras actividades nuevas ni con una intensificación
de la actividad agraria y ganadera, salvo quizás, en pequeña
medida, en los municipios de la marina.
Los tempranos balbuceos de la industrialización cántabra
dejaron prácticamente al márgen al área. Al
comenzar el siglo, el conjunto de empleos no agrarios que registraba
el área era de poco más de trescientos, de los cuales la
mitad correspondía al empleo minero que proporcionaban las
minas de La Florida y de Herrerías. El resto tenían aún
una importante componente artesana. Molinos, tahonas, zapaterías,
pequeños aserraderos, carpinterías y herrerías
constituían la base principal del empleo. Al margen de ellos, y
únicamente en los municipios de San Vicente de la Barquera y
Val de San Vicente, sólo la industria conservera concentraba
una parte del empleo (una tercera parte, si exluímos el
minero). Ni siquiera, por tanto, estos municipios de la franja costera
-a cuyo empleo no agrario habría que añadir la pesca-
presentaban indicios de incorporarse al sistema industrial que se
estaba desarrollando en otras áreas de la región, como
el entorno de Santander o Torrelavega y el corredor del Besaya.
La situación se mantuvo casi estacionaria durante todo el
primer tercio de siglo. Algunas pequeñas iniciativas de escasa
entidad como la fábrica de albarcas construída en el núcleo
de Saja (Los Tojos)- no pudieron contrarrestar la progresiva ruina del
trabajo artesanal, definitiva ya tras la Guerra Civil. Durante los años
cuarenta y hasta el inicio de la crisis de mediados de los setenta, únicamente
las conserveras, la minería -ya en decadencia- y, esporádicamente,
la construcción de Saltos del Nansa, debieron ofrecer un cierto
volumen de empleo industrial dentro del área.
Al iniciarse la crisis, a excepción de los tres municipios
de la marina el área se configuraba como un espacio de completo
vaciamiento industrial. E incluso en el caso de aquellos tres
municipios menos desfavorecidos (San Vicente de la Barquera, Val de
San Vicente y Valdáliga), la oferta local de empleo industrial
raramente superaba el centenar de puestos de trabajo, correspondientes
las más de las veces a establecimientos de ínfimas o muy
pequeñas dimesiones (especialmente en las ramas de panadería
y repostería, madera, electricidad, construccion, etc.) y por
ello, escasamente adaptables a las difíciles condiciones de
crisis económica (buena prueba de lo cual ha sido la práctica
liquidación, en los últimos años, de los que
quedaban del sector conservero). No obstante, la ausencia o escasez de
oferta de empleos locales en la industria no significaba aún,
en aquellos años, una equivalente ausencia de posibilidades de
empleo industrial para los habitantes del área. En algunos
municipios, los activos industriales llegaron a alcanzar hasta la
tercera parte de la población activa local, el equivalente a la
media regional. Se trataba de aquellos municipios que, como Ruente,
Valdáliga, Herrerías o Rionansa, se encuentran contiguos
a pequeños centros urbanos como Cabezón de la Sal o San
Vicente de la Barquera, sobre cuyas cuencas de empleo gravitan la
mayor parte de sus activos no agrarios.
Por lo demás, la evolución reciente de las
iniciativas empresariales en el ámbito industrial no permite
augurar una situación futura sustancialmente diferente.
En lo que se refiere a la actividad agropecuaria, casi exclusiva
en la mayor parte de los municipios del área, su evolución
tampoco ha sido muy favorable, aunque en todo caso, ha sido
marcadamente diferenciada. Así mientras en los municipios
costeros e intermedios, mejor comunicados y con un territorio de
escasa altitud y bajas pendientes, se ha producido una especialización
láctea que, como en la mayor parte de la región, reposa
sobre el ganado vacuno de raza frisona, explotado en forma intensiva,
en los municipios, más bien la ganaderia extensiva, que continúa
reposando en la vaca tudanca.
Dado que su cualidad de animal de trabajo se ha desvalorizado, se
ha intentado orientarla hacia la producción de carne, para la
que la raza pura tenía pocas aptitudes. Por eso, sobre todo
desde los años sesenta, se ha iniciado una estrategia de cruces
con pura alpina que no ha dado mal reslutado. La raza mixta se ha
adaptado bien a los puertos y brañas, que aún se siguen
utulizando durante el verano, conservándose en lo esencial, la
organización del espacio tradicional y las prácticas de
pastoreo.
Las explotaciones agrarias, fundamentalmente orientadas a la
producción forrajera tanto en la marina como en el interior,
siguen siendo excesivamente pequeñas, a pesar de que en la
mayor parte de los municipios el tamaño medio ha aumentado
debido a una fuerte disminución del número de las mismas
que, en general, ha afectado a las de tamaño más
reducido. Las explotaciones menores de cinco hectáreas han
dejado de ser más de la mitad del total en algunos de los
municipios más septentrionales, como San Vicente de la
Barquera, Val de San Vicente y Herrerías, pero también
en los de cabecera como Lamasón, Peñarrubia, Tudanca y
Polaciones.
En estos tres últimos la proporción de
explotaciones menores de cinco hectáreas disminuyó mucho
entre 1.962 1.982, como consecuencia muy probablemente de la pérdida
de población. En el resto de los municipios, la tendencia
parece apuntar en la misma dirección, hacia un aumento en el
tamaño de las explotaciones, favorecido por la inevitable
desaparición de muchas de ellas, como consecuencia del abandono
de la actividad de un número considerable de ganaderos mayores
de 65 años y la jubilación anticipada -acogiéndose
a las ayudas comunitarias- de muchos mayores de 55 años, que en
buena parte carecen de sucesión. En todo caso, la estructura de
las explotaciones parece seguir manteniéndose dentro de un
minifundismo bastante acentuado, que se ve acompañado además
por una excesiva parcelación. Las problemáticas agrarias
a las que se enfrentan los distintos subsectores del área
resultan considerablemente diferentes.
Los servicios, sobre todo
recientemente, se han configurado como la actividad no agropecuaria de
mayor relieve, con una participación en el total de la población
activa de aproximadamente la tercera parte, inferior en cualquier caso
a la media regional.
Se trata además -y ello es lógico si se considera
la escasa actividad industrial y las características de arcaísmo
de la agraria-, de un sector de rasgos tradicionales, asentado sobre
el comercio banal, los servicios personales, los servicios
administrativos y sociales y la hostelería. En cualquier caso,
su distribución espacial resulta extraordinariamente
contrastada, tanto en su volúmen como en el peso de los
diferentes subsectores. Así los municipios costeros resultan
ser los que presentan tasas de población activa terciaria por
encima de la media del área, con un peso significativo en la
hostelería, ligado sin duda al turismo de sol y playa. En el
otro extremo municipios como Herrerías, Peñarrubia o
Lamasón -o, en menor medida, los del alto Nansa- se configuran
como espacios en los que, a unas tasas más bajas, se añade
una composición del sector asentado sobre los servicios públicos
y sociales más elementales. Por su parte, las tasas
intermediarias del alto Saja sugieren, además de lo anterior,
el incipiente desarrollo de hostelería ligada a la demanda de
turismo de interior, cazadores y excursionismo de fin de semana.
Esta evolución económica ha tenido importantes
repercusiones en la evolución de su población. No
obstante, una observación más detallada de su dinámica
nos muestra un panorama bastante diferenciado en el interior del área.
Así mientras municipios como San Vicente de la Barquera
han sostenido una permanente dinámica de crecimiento sólo
interrumpida durante los años setenta, y otros tan sólo
se vieron afectados en la década de emigración masiva,
recuperándose más tarde, la mayor parte de los
municipios (Ruente, Cabuérniga, Los Tojos, Lamasón, Peñarrubia,
Tudanca y Polaciones) vienen perdiendo población desde los años
veinte o treinta y, a diferencia de los anteriores, no se han visto
favorecidos por la recuperación relativa de la última década.
Esta nítitda diversidad de comportamientos entre unos
municipios y otros, resultado sin duda de la total ausencia de
perspectivas que han dominado en los municipios del interior, ha dado
lugar a que hoy el territorio del área aparezca marcadamente
diferenciado en cuanto a la distribución de la población.
Así, más del cuarenta por ciento se concentra en los dos
municipios plenamente costeros, los cuales, en unión de los dos
inmediatos (Herrerías y Valdáliga), acaparan casi las
dos terceras partes del total. Este vaciamiento ha tenido su
incidencia en el paisaje, manifestándose en el deterioro, por
abandono, de una buena parte del caserío y de los terrazgos. En
algunos pueblos de Polaciones el bosque ha avanzado hasta entrar casi
en contacto con el caserío. Por lo general, el vaciamiento se
ha notado más en aquellos núcleos que han quedado
marginados de las carreteras comarcales. Al contrario, los lugares que
han quedado sobre la carretera general y en la marina han sido los
menos afectados por el vaciamiento, pero la instalación de
nuevas actividades, la explotación ganadera intensiva y una
cierta moda, sobre todo durante los años setenta, han
transformado significativamente su aspecto con la construcción
de nuevas viviendas, tipo chalet, y con la utilización de
materiales modernos (hormigón, aluminio, etc.) tanto en las
nuevas construcciones como en las reparaciones de las antiguas.
Finalmente, esta jerarquización del poblamiento impuesta por
las nuevas vías de comunicación se ha traducido en la
aparición de núcleos nuevos y en el reforzamiento de
otros convertidos en pequeños centros de servicios por su
situación de cruce de caminos. El caso más significativo
es el de Unquera, que nació como consecuencia de la instalación
de la estación del ferrocarril de vía estrecha desde
1.890, reforzando su papel con el paso de la carretera general y por
su posición de encrucijada con la carretera de Liébana;
pero existen otros ejemplos igualmente ilustrativos, como el de Treceño
o Puentenansa.
En
definitiva, el área presenta en su interior contrastes más
o menos marcados, especialmente desde el punto de vista de su
dinamismo actual y de su específica forma de articularse con
las demandas externas (sobre todo en materia de ocio y turismo). De un
lado, la franja costera en un sentido amplio, identificable con los
municpios de Val de San Vicente de la Barquera y Valdáliga,
caracterizada por un medio natural considerablemente castigado, un
patrimonio edificado sumamente alterado, una densidad importante de vías
de comunicación y de transporte (tanto en el sentido de las
conexiones del área con la zona central de Cantabria y con
Asturias, como en el sentido de la conectividad interna), un dinamismo
económico cuando menos apreciable y una población
relativamente joven y estable.
Frente a ella, frente a la marina, los valles centrales y altos
se configuran como un grado más avanzado en la depresión
del área en su conjunto, servidos por vías de comunicación
menos densas (especialmente en las travesías entre valles) y
menos utilizadas ( la presencia de dos carreteras generales de
comunicación con la Meseta no obsta para que su uso de largo
recorrido se vea perjudicado en beneficio de otros ejes regionales,
especialmente el del Besaya), vaciados de población y habitados
por comunidades demográficamente desarticuladas, desprovistas
de actividad económica con futuro y, en cambio, poseedores
-como consecuencia en parte de su propio abandono- de un patrimonio
natural y cultural tan rico o más que el de la marina, que
entre otras cosas, se refleja en las grandes superficies boscosas, la
mejor conservación de la tipología tradicional del caserío
y la persistencia de la actividad artesana de la madera.
Marina y valles, pues, constituyen los extremos de una primera
linea de diferenciación interna del área. Pero aún
siendo la principal, no es desde luego la única. A ella se añade
otra que contribuye a diferenciar muy notablemente un valle de otro.
Porque si es cierto que tanto el valle de Cabuérniga como el
del Nansa participan de ciertos rasgos comunes en su relación
con la marina, no es menos cierto que las diferencias entre uno y
otro, sobre todo en lo que a expectativas de uso se refiere, resultan
cuando menos llamativas.
El valle del Saja, más accesible desde las aglomeraciones
urbanas del centro de la región, se viene configurando en los últimos
años (y ello en todos sus municipios, desde Ruente y Cabuérniga
hasta el más alto de Los Tojos) como un espacio recreacional de
fin de semana de primer orden, capaz de competir -al menos fuera de la
temporada estival- con la propia marina. Así la existencia del
Parque Natural Saja-Besaya, la considerable actividad -local y
regional- de promoción turística, animación
cultural y la superior oferta de infraestructuras para ocio,
evidencian la presencia de una relativamente elevada actividad privada
asociativa, así como una nítida opción estratégica
de futuro. Todo lo contrario de lo que, por su parte ocurre con el
valle del Nansa (que, a estos efectos puede prolongarse hasta su tramo
bajo). Municipios como Polaciones, Tudanca, Rionansa, Lamasón,
Peñarrubia e incluso Herrerías, se configuran en efecto,
como espacios poco menos que enclavados, estancados y, en algunos
casos, al borde de la simple reposición demográfica:
como el colmo de la depresión en suma. |
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