Si generalmente es cierto que la economía campesina
tradicional nunca fue exclusivamente agrícola o agroganadera,
lo es mucho más en el área que nos ocupa. Junto a la
ganadería -que siempre constituyó la actividad principal
y su mayor fuente de recursos- y a la agricultura -imprescindible para
su sostenimiento, aunque muy reducida, sobre todo en los valles
altos-, otras muchas ocupaciones sirvieron para complementar los
necesarios ingresos familiares. La recolección, la caza y la
pesca, la elaboración de aperos para su venta en Castilla, el
acarreo o los trabajos temporales, completaban el conjunto de
actividades que componían las labores de la familia campesina.
Como unidad de producción y consumo que era, estas actividades
se abordaban colectivamente, imponiendo una división interna
del trabajo. Un calendario, que venía marcado por dos
actividades principales -necesariamente ajustadas a las estaciones-,
distribuía a lo largo del año sus diferentes
ocupaciones.
Se trataba, por tanto, de una economía mixta, que poco tenía
que ver con el autoconsumo o la subsistencia, aunque estos
calificativos hayan sido utilizados con demasiada frecuencia. Lo
cierto es que, desde los tiempos medievales, la economía
campesina mantuvo una parte monetarizada, como lo pone en envidencia
el pago en dinero de una parte de las cargas exigidas por el rey los
señores.
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La actividad agraria reposaba sobre el terrazgo, que como el solar,
formó pronto parte del dominio de lo privado. En toda la región,
y de forma particular en el espacio del Ecomuseo, el reparto de la
propiedad de la tierra destinada a cultivo fue amplio, perteneciendo
en su mayor parte a los campesinos. La inmensa mayoría de ellos
disponían de una porción de tierra propia para su
labranza. Cierto que el reparto era desigual y que en la mayoría
de los casos esta tierra era insuficiente para cubrir sus necesidades;
pero ni siquiera los hidalgos descendientes de los linajes poseían
grandes extensiones: las condiciones naturales y la densidad de
población no lo permitían.
Por otro lado, desde los primeros tiempos en que la actividad
agraria se convirtió en estable y asentada sobre un terrazgo
permanente, se produjo una diferenciación dentro del área,
una especie de división del trabajo espacial que venía
determinada por las distintas condiciones ecológicas del
espacio y, en el caso del área de la marina, por la proximidad
al único núcleo que concentraba un volúmen de
población urbana de cierta consideración:
San Vicente de la Barquera. Así,
mientras este último área desarrolló en mayor
medida la agricultura, los valles interiores siguieron siendo
esencialmente ganaderos. Tal diferenciación se tradujo también
en el tamaño de las propiedades, mayor en los valles medios y
altos que en la marina aunque en aquellos se tratase fundamentalmente
de prados y muy secundariamente de tierras de labor.
En todo caso, la marina tampoco podía prescindir
absolutamente del ganado. No se trataba sólo de un recurso
complementario de su economía, sino de un medio imprescindible
para el sostenimiento de su agricultura, ya que mientras el ganado
vacuno -los bueyes- servía como ganado de labor, el conjunto de
la cabaña proporcionaba la base de fertilización de sus
tierras de cultivo. De ahí que también en este área
más agricola, la dimensión del prado segadio -base de la
alimentación invernal del ganado- fuese siempre importante. Y
de ahí también que -como ocurría en los valles
interiores, y aún con más motivo-, se derrotasen las
mieses una vez recogida la cosecha, para permitir el aprovechamiento
del rastrojo y el abonado del terrazgo. En todo el área, por
tanto, los prados constituyeron una parte importante de la
agricultura. Su superficie fue extendiéndose con el tiempo,
tanto en el entorno de las mieses de labor, como en la falda de los
montes, o en los claros abiertos en el arbolado, a media ladera, donde
se situaban los invernales. Para el siglo XIX eran dominantes ya, no
solamente en los valles altos y medios, sino también en la
marina. En cuanto a la tierra de labor, la estrechez del terrazgo
obligó desde bien pronto a prescindir casi totalmente del
barbecho, lo que sólo fue posible gracias a una intensa
fertilización de la tierra. La preparación del abono se
convirtió en una de las tareas más importanes del
campesino, ya que no bastaba con el abonado directo que el ganado
proporcionaba a la tierra durante el tiempo de las derrotas. La fórmula
de preparación era complicada. Consistía en la recogida
del estiércol en los invernales y caminos: era luego mezclado
con helechos, rozados en los helgueros, y seroja, recogida en el
monte, y, finalmente, se dejaba pudrir, obteniéndose así
un composto que constituyó el único fertilizante
utilizado hasta la introducción de los abonos químicos,
a excepción de la ocla o caloca (algas marinas), que se utilizó
en las áreas más próximas a la costa.
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Desde la edad media, los cereales constituyeron el cultivo más
extendido en todos los núcleos. A pesar de las malas
condiciones generales para su producción, eran la base de su
alimentación. Hasta el siglo XVII, los tipos de cereales que se
producían eran el trigo, la escanda y el mijo en la marina y
los valles medios, y el trigo, la cebada y el centeno en los valles
altos como Polaciones. Junto a ellos, las verduras y hortalizas de los
huertos y los frutales -dispersos por el entorno de los pueblos, tanto
en huertos, como entre las tierras de labor, junto a los caminos e
incluso en el monte- proporcionaban un complemento sumamente valioso a
la alimentación campesina. Las berzas constituían el
cultivo principal de los huertos. En cuanto a los frutales, su
variedad era mucho mayor en la marina y en los valles medios y bajos,
en donde, junto a los castaños, nogales y manzanos -bastante
generalizados también en el interior-, se daban ciruelos,
cerezos e higueras. En el entorno de San Vicente de la Barquera, y en
bastantes núcleos de Val de San Vicente y Valdáliga,
eran frecuentes incluso los cítricos -sobre todo los
limoneros-, demandados por las tripulaciones de los barcos como
remedio preventivo del escorbuto.
El viñedo por su parte se dio abundantemente en la marina
y el valle de Cabuérniga, al menos hasta el siglo XVIII.
Normalmente se cultivaba fuera de la mies, en parcelas cerradas y, a
veces, abancaladas. El sistema de cultivo era el de emparrado alto,
para proteger el fruto de la humedad del suelo. Como el chacolí
obtendio nunca fue de muy buena calidad, conforme aumentó la
intensidad de los intercambios se hizo necesario protegerlo de la
competencia de otros vinos procedentes del exterior de la región,
sobre todo de Castilla, pero también de Galicia e incluso
Francia.
Aunque una parte importante se autoconsumía,
proporcionando un complemento calorífico importante, el vino
formó parte simpre de la economía de intercambio y
monetarizada de los campesinos. De él se abastecieron, al menos
en parte, San Vicente de la Barquera y la mayoría de las
tabernas de los pueblos y ventas de los caminos. En la mayor parte de
los pueblos se cultivaba también lino, utilizado para la
confección de lienzos y telas. No se limitó su producción,
en este caso, a ciertas áreas. De hecho, incluso parece haber
sido más frecuente en el interior, donde, desde luego, se
mantuvo su cultivo durante más tiempo.
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A partir del siglo XVII, la introducción del maiz dio lugar a
cambios de gran importancia en el panorama agrario. El nuevo cereal
llegado de América desplazó rápidamente a los
otros cereales, que siempre habían tenido escasos rendimientos.
Sólo Polaciones, por sus condiciones climáticas, quedó
al margen de este proceso de sitaución, y ni siquiera
totalmente. Aquí siguió siendo el centeno el único
grano cultivado, mientras en el resto del área su pan,
tradicionalmente, hecho de mijo y escanda (panizo o borna), fue
sustituído por la nueva borona de maíz. Sus altos
rendimientos, uniendo a una mayor intensidad de los intercambios
interregionales, consiguieron hacer retroceder a otros cultivos como
el viñedo y el lino. Sin embargo, a pesar de los bajos
rendimientos del trigo, este cereal se mantuvo en la mayor parte de
los lugares, aunque en pequeñas proporciones hasta entrado el
siglo XIX. La razón no estaba en la economía doméstica,
sino en la exigencia de los propietarios, que prefería cobrar
la renta en ese cereal, más estimado que el maíz desde
un punto de vista comercial.
Junto con éste se introdujo otro nuevo cultivo, la alubia,
que desde entonces aparecerá asociada íntimamente con él.
Plantadas en la misma tierra, sus enredaderas trepaban por sus talles
del maíz, como aún hoy es posible verlo en algunos
lugares. Conocidas en la tierra como faisanes, contribuyeron a
enriquecer notablemente la dieta campesina. Finalmente, y ya en el
siglo XIX, un nuevo cultivo se incorporó a los terrazgos. Se
trataba de un tubérculo procedente también de América,
la patata, que fue mirada con repugnancia durante mucho tiempo, pero
que acabó por imponerse, adaptándose bien incluso en las
frias tierras de Polaciones.
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